

"Ahí que jos erse, como pasa el tiempo", 60 años no es nada que decía Gardel...
BITIBAJK OF COURSE





En Mayo huele a barquillo, a romero y limoná, se acerca San Isidro...
BITIBAjK VILLA Y CORTE




"Pero –y desde hace seis años– un buen día caí en Roma. Yo era liberal y socialista. Y de Roma sabía dos cosas: que quizá estaba en el mapa, y que aquello era un poco de reacción y de barbarie pestífera.
Caí en Roma, un par de días, el tiempo necesario para dar una conferencia, y salir corriendo a dar otras en la verdadera Europa francesa, belga, holandesa y alemana. Lo que me sucedió en Roma, apenas la hollé con mi planta despreocupada y herética, ya lo he referido más de una vez. Lo que me sucedió fue tal catástrofe interior y al terremoto de mi vida, que en mi existencia exterior sólo pudo traslucirse por la palidez, la fiebre y el anonadamiento.
Quiero transcribir una vez más aquel sucedido, porque es nada menos que el fundamento de cuanto voy a escribir sobre «Roma y España». Porque aquel sucedido fue el despertar de mi instinto más profundo de español. Un instinto al que hoy he querido buscar una base firme de sostén un abolengo espiritual, una tradición perfecta: una estirpe.
«A las pocas horas de caer en Roma... ¿qué cosa me pasó? No sé. Sólo recuerdo que girovagué alucinado por las calles, y jardines, y cielos, y árboles, y palacios, y acentos de aquella vida. Y que de pronto me encontré abrazado a Roma con un ansia incontenible y desarticulada de balbucear tenuemente: madre.
Roma, a los pocos días, ya fue todo para mí.
Roma era el Madrid cesáreo e imperial que Madrid no sería nunca.
Roma era ese firmamento cálido, azul, de un azul sexual, embriagador, azul y dorado que yo no había visto en parte alguna de España –y que era España, sin embargo– y que me protegía como una mano regia.
Era la matriz de una Castilla mía, depurada, antigua, eterna, celeste, inajenable. Roma era –¡qué impresión descubrir eso, sencillamente!– mi lengua, el manantial de mi habla, espuma y cristal, originario en el que yo ahora zahondaba mi espíritu como un Jordán beatífico, saturándome de santidad, de periodo de orígenes, de filialidad, de ternura agradecida.
Roma era lo que yo nunca supuse que podría pervivir: aquella iglesia de mi infancia, y aquel sonar de campanas de mi colegio de monjas y aquel olor de agua bendita-incienso, y aquella visión negra de sotanas y roja de sobrepellices, y era la procesión de ese día y de ese pueblo, y de esa tarde castellana, y de esa noche madrileña y de ese alba en el mar.
Y era Roma el capitel y la columna y el portal del palacio en la ciudad vieja, y el cuadro y el púlpito, y el sentido melancólico, adusto y altiplánico de la llanura y la sierra de mi naturaleza.
Encontraba en Roma el olor a madre que nunca había olido en mi cultura, que es peor que el olor a hembra, porque enloquece de modo más terrible.
Olor a mundo antiguo, medieval y nuevo. ¡Qué era eso al lado de la bastardía arribista de las otras culturas europeas, que se me disputaban el favor!»
* * *
Esta conmoción sobre Roma y ante Roma, fue decisiva para mi vida. Fue un caso de amor.
Pero ese caso de amor, y de derrotero vital, ¿no habrían sido en mí, eso: un caso? ¿Algo personal, caprichoso, arbitrario? ¿Qué fundamentos profundos pudo tener ese instinto que en mí se manifestó de pronto, como una explosión?
No fundamentos individuales. Yo no creo en los fundamentos individuales. Sino fundamentos de estirpe, de razón, de pueblo, de «genio de España».
¿Respondía mi instinto ante Roma con una reacción artificial y contingente? ¿O era ese instinto mío la voz más íntima, radical, recóndita de mi sangre? ¿En vez de ser yo –ese instinto– no sería yo el vehículo que eligiera ese instinto mío para manifestar algo anterior a mí? ¿Para mostrar toda una estirpe espiritual?
Sucede en nosotros los artistas como en los aristócratas de sangre. Que ninguna de nuestras hazañas, de nuestros sentimientos, puede tener explicación congrua, hasta que se escruta su «pasado en vivo», el genio de la casta.
Ese sentimiento mío hacia Roma, ¿lo habrían sentido otros escritores españoles antes que yo? ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quiénes eran mis antecedentes? ¿Cómo manifestaron su sensación? ¿En qué épocas?
¿Podría trazarse toda una trayectoria espiritual de las relaciones de España con Roma a través de los índices literarios?
Y una vez trazada esa trayectoria, ¿podríanse deducir conclusiones generales?
Esta es la tarea –a mi modo de ver, extraordinaria– que yo voy a abordar en el presente trabajo.
Esta tarea, este trabajo, bien pudiera constituir, andando el tiempo, el cimiento sobre qué asentar toda una política y una acción futura.
Mi deber de investigador nacional, de buscador de alma española, me empuja a esta empresa de fundaciones basamentales.
Roma: ante España. ¿Cómo ha sentido España a Roma, a través de los siglos, antes de que mi pobre y humilde corazón se pusiese a temblar de gozo y filialidad, un día aún no lejano?
Un día en que no se sentía ya Roma en España. Un día, en que, al sentirla yo de nuevo me pareció reanudar la historia más profunda e íntima del genio de nuestro pueblo".
E. Giménez Caballero



Que tomen ejemplo los enanos y chikilikuatres de estos lares 1.000.000 de votos, ningún diputado, 1.000.000 de militantes para la Reconquistar Italia, Liberar a Europa.

