Hace un par de semanas, al presentar nuestra sección de Cultura No Conforme, decíamos que era nuestro deseo ir poco a poco recomendando libros que ensalzaran valores contracorriente, que nos enseñaran que la vida es posible enfrentarla de otra forma, e independientemente de que éstas fuesen, o no, las intenciones reales de su autor.
Y éste es el caso de
Termópilas. La batalla que cambió el Mundo, cuyo autor, Paul Cartledge, formado en Oxford, actual profesor de Cambridge y reconocido, como otros muchos historiadores anglosajones, por su facilidad narrativa –a diferencia de los pomposos autores franceses de lenguaje florido pero ininteligibles- con la que acerca la Historia Antigua de Grecia (en la que hoy es considerado uno de sus mayores especialistas) al gran público, dudamos que tuviera ninguna intencionalidad ideológica al elaborar su obra. Sin embargo, del trasfondo del libro se desprende precisamente lo que a nosotros nos interesa: un elogio a la resistencia, a una vida combativa, a la unidad contra el invasor exterior, y al mayor de los sacrificios, el de la propia existencia en pro de la comunidad.
Estructuralmente el libro podemos dividirlo en tres partes. En la primera de ellas, Cartledge nos habla del mundo persa (tan abandonado por la historiografía actual) entorno al año 500 a.C.; un gigantesco imperio multiétnico que se mantenía unido gracias a un enorme ejército mercenario, al relativo poder que mantenían los reyezuelos conquistados y convertidos en sátrapas autonómicos, y al poderío déspota de una de las tribus que lo configuraban, un pueblo indoeuropeo primo hermano de los anteriores dominadores del Imperio, los medos –de ahí el nombre que a posteriori recibió este conflicto, Guerras Médicas- y de los futuros partos, los persas de Jerjes I.
En una segunda parte, el autor hace lo propio con el mundo helenístico de la época, un mundo mucho más homogéneo culturalmente, pero políticamente dividido en un sin fin de ciudades-Estado independientes, tan sólo reunidas en alianzas momentáneas (ligas) basadas en unos ciertos lazos étnicolingüísticos y religiosos. Una Grecia en pleno desarrollo de la polis como forma de estado y como comunidad libre de ciudadanos, independientemente de vivir en un sistema monárquico, tiránico o democrático, y entendidos en su concepto más puro (alejado de la idea de simple votante-consumidor-contribuyente de la actualidad): ciudadano como miembro de la comunidad que podía participar en política porque demostraba ser capaz de defender a aquélla con las armas.
Lógicamente, Cartledge presta una mayor atención a la sociedad espartana de la que salieron los héroes de las Termópilas. Una sociedad organizada como una auténtica milicia, “profesionales en un mundo de aficionados… los únicos ciudadanos de la Hélade que mantenían un Ejército permanente”. Tanto confiaban en su fuerza quesu ciudad no tenía murallas. Una sociedad orgullosa capaz de desafiar al mayor Imperio que hasta entonces había existido, al que, ante la petición de que se sometieran y cediesen su tierra y su mar al rey Jerjes, contestaron altivamente “Tendréis toda la tierra y el agua que queráis”. Una sociedad fundamentada en un sistema educativo estatal que preparaba a los ciudadanos varones desde niños en la
agogè para que, llegado el caso, realizaran el más extremo de los sacrificios, y que educaba a las niñas para soportar que sus padres y hermanos, sus hijos y maridos, pudiesen regresar de la batalla cargado sobre su propio escudo. Una monarquía dual, en la que cualquier ciudadano podía ser rey (aunque en la práctica, por tradición, se redujese a dos familias), en la que todos los hombres libres defendían a la comunidad con las armas, empezando por los propios aristócratas, y en donde no se enviaba a la guerra a los hijos de los esclavos para luchar por intereses particulares y ajenos. Será por esto y por más que el Estado espartano ha sido ferozmente criticado por los Estados liberales ya desde el siglo XVIII.
FOTO: cartel de la peli
300
En este sentido es de agradecer que Cartledge no repare en exceso en que la economía del Estado espartano se fundamentaba en un sistema que mantenía como esclavos a miles de mesenios, los primitivos habitantes de la región donde se encontraba Esparta. No hace anacrónicos juicios de valor, a los que tan acostumbrados nos tiene la historiografía en estos tiempos de dictadura del pensamiento. En general, más bien diríamos que el autor parece añorar que nuestra sociedad superficial, individualista y egoísta no tenga algo más de espartana. Esto es algo que también han apreciado los neoinquisidores progreliberales que le han dedicado notables críticas.
La tercera parte del libro y su eje central es la propia Batalla de las Termópilas. Cartledge nos detalla a la perfección cómo fue su preparación, haciendo una narración de la misma que eriza el vello, en una demostración sublime de sus grandes dotes literarias. En la batalla, acontecida el 11 de Agosto de 480 a.C., y llevada recientemente al cine en la versión cómic de Frank Miller, uno de los dos reyes espartanos, Leónidas, junto a 300 de sus hombres y a unos pocos miles de aliados griegos, mantuvieron a raya al invasor oriental en las Termópilas (“puertas calientes”), un desfiladero de Tesalia, durante tres días, pese a ser centuplicados en número. Pese a ser derrotados, gracias a la traición de un griego, Efialtes, que mostró a los persas un paso montañoso que permitió atacar a las fuerzas griegas por su retaguardia, el valor demostrado por los lacedemonios y su sacrificio total, sirvieron para convencer a las demás ciudades griegas, que hasta entonces dudaban de la victoria y se decantaban por garantizar su supervivencia aliándose al invasor, de que, si se mantenían unidos, era posible vencer al multicultural y mercenario ejército persa, tal y como había ocurrido poco antes en Maratón (490 a.C.), y volvería a suceder, esta vez de forma casi definitiva, poco después en la doble batalla marítima y terrestre de Salamina (23 de Septiembre del mismo año) y Platea (479 a.C.). Por eso podemos admitir que la de las Termópilas sí fue una batalla que cambió el mundo, pues al auyentar el peligro globalizador persa, permitió que se consolidase la civilización griega (posteriormente grecolatina), pilar central de nuestra civilización.
FOTO: El desfiladero de las Termópilas en la actualidad. En 480 a.C. éste iba desde la ladera de la montaña hasta la costa, la cuál llegaba hasta la autopista que vemos a la derecha (Ojo, sin que sirva de precedente, la foto no es nuestra)
En definitiva, un libro que calificaríamos de históricamente riguroso, apasionantemente entretenido y políticamente incorrecto, muy apto para estos momentos de choques y alianzas de civilizaciones.
esté dedicando una serie entera a obras de Historia Militar (sobre todo de la Antigüedad), rama de la investigación tristemente marginada hoy en día en estos tiempos de pacifismo forzoso. Para adquirir este libro os recomendamos que evitéis las grandes superficies ya que, al tratarse de un libro reciente, podréis encontrarlo al mismo precio (22’90€) en cualquier pequeño librero.